-¡Señor Kmbrolmes, señor Kmbrolmes, alguien llama a la puerta!
-¡Abra usted, dr.Knoson, que está más cerca!
¡Jo! Siempre es usted el jefe...
¡Claro, yo resuelvo los casos!
-Ñe, ñe, ñe.
Así, el doctor Knoson tuvo que levantarse de la cama, vestirse, salir de
su habitación y cruzar la sala de estar, donde Kmbrolmes leía el periódico
y comía chocolate con churros.
-Doctor Knoson, ya que está usted ahí...¿me acerca las zapatillas, por
favor?
Aún con la mirada enturbiada de legañones y los pelos erizados (cada uno
de ellos intentando ponerse encima del que tiene a su lado), el Dr.Knoson
le acercó a su colega las zapatillas de un puntapié y empezó a bajar las
escaleras, hacia el vestíbulo.
¡Cómo se pone el hombre por un simple favor! - murmuró Kmbrolmes en tanto
que el Dr.Knoson abría la puerta sólo para ver que no había nadie esperando.
Ha sido una historia de...
"Los extraños casos matutinos del señor Kmbrolmes (y el Dr.Knoson)"
Kano, 1995
|