- ¿ No lo hueles chico ?, es el miedo. Aquello que sube a tu espalda y te empuja hacia abajo y te ladra al oído palabras de desesperación.-
La botella pasó de mano en mano en el grupo de borrachos que se acurrucaban alrededor del barril ardiente. Las reveladores luces de plexigás de la ciudad no andaban cerca de allí, huían de ellas y de toda la gente de fríos ojos azules.
Una sombra cruzó cerca del barril de los borrachos, el silencio cayó como una pesada mano negra. Siguió sin detenerse, pero el extraño brillo de sus ojos alentó al grupillo.
- Eh, tú !, el hombráquina, Eh ?-
Ya estaba allí. Era negro, auténtico cuero negro y apestaba a máquina. Simuló una rígida sonrisa profidén. Cogió la botella y se unió a la ronda.
Uno a uno los borrachos fueron cayendo, con los primeros rayos de sol el hombráquina quedó solo ante el apagado fuego. Su reloj interno le indicó que su jornada daba comienzo, y se despidió del frío coro de amigos.
Auténtico frío coro de amigos.
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