Actualizado el Día 01 de noviembre de 2010Visitante número 180371 -- Día 28 de abril de 2017
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-Una historia de DLA-
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  - ¡Aquí Unidad 6! Uno de los sospechosos huye a pie por la Calle 32. Voy a coger mi moto, es muy rápido. Pido refuerzos que estén en la zona. Hay que impedir que llegue a Main. Podríamos perderle. Y una UVI para Johnson. Ha caído - arranca su moto -. El otro bastardo que se joda - sale disparado justo en el momento en que el sospechoso gira a la izquierda por Whitley.

   Lo que el agente Spense deja atrás tiene más que ver con una escena de guerrilla y saqueo urbanos que con lo que se planteó como una simple detención de dos vulgares chorizos. Éstos entraron en una de las joyerías más conocidas, céntricas y, lo que es más importante, protegidas de la ciudad en vísperas de Navidad y a una de las horas más comerciales. Lo que no sabían Spence ni Johnson era que debajo de sus abrigos llevaban todo un arsenal. El resto era demasiado extraño y confuso. Ahora no era el momento de ponerse a pensar en ello. Había que coger a ese cabrón.

  - ¡Le veo! Está 40 metros por delante. Ese hijo de puta debe ser Carl Lewis. ¡Cómo corre! Gira a la derecha por la 34.

  ¿Sabía lo que hacía ese bastardo? Estaba eludiendo la zona de tránsito y se estaba metiendo en la zona de descarga de productos de los almacenes.

  Al tercer giro tuvo que dejar su moto porque era imposible pasar entre los camiones y los empleados llevando palés de aquí para allá.

  - ¡Aquí Unidad 6! Debo continuar a pie. Si no llegan refuerzos voy a perder al sospechoso. Ese cabrón ni siquiera resuella.

   Pero una sorpresa le aguardaba a la vuelta de la siguiente esquina. El sospechoso le esperaba montado en una moto roja de impresionantes neumáticos, debía ser de gran cilindrada, y tras un giro espectacular quemando rueda se dirigió a gran velocidad directo hacia el final del callejón.

  - Eso, cabrón, a ver si te estampas.

   La moto pisó sobre algo que la hizo saltar y pasó a través de la pared pero sin hacerla un rasguño. Piloto y moto desaparecieron.

   Los ojos de Spense no cabían en su cara. Estaba acostumbrado a ver muchas cosas pero cómo iba a escribir eso en su informe.

   Se acercó hasta el muro andando como un zombie y tocó la pared. Fría y dura. Como debía ser. La golpeó con el canto de su puño hasta que le dolió.

  - No puede ser, ¡no puede ser!

   Por el callejón asomaron los primeros compañeros de Spense que se extrañaron de ver a uno de los suyos golpeando con el puño la pared. Se acercaron y le separaron de la pared.

  - ¿Qué ocurre? ¿Se te ha escapado el sospechoso? - preguntó uno de ellos, Finley, el más joven.

  - ¡No puede ser! - fue la respuesta de Spense.

  - Tranquilo - dijo O'Connor, el más veterano, lanzando una mirada de reproche a Finley - eso pasa todos los días. Nos hacemos mayores, Sam. Siéntate. Nosotros cogeremos a ese cabrón. Es posible que se haya cargado a Johnson. Te dejaremos a solas con él en comisaría para que tengas una "charla" si te apetece.

  - ¡No puede ser! - mascullaba atónito Spense. Sus ojos aún no habían parpadeado.

  A la media hora se presentó el jefe alarmado por las noticias que le llegaban por todos lados: del hospital, de la joyería, del callejón. Se dirigió directamente a Spense, se sentó a su lado y le espetó:

  - Cuéntame exactamente lo que ha pasado.

  Fue la única voz que sacó a Spense de su autismo. Giró la cabeza, le miró a los ojos y comenzó a hablar:

  - Todo ha sido muy extraño, jefe. Johnson estaba poniendo una multa a un coche, como siempre, cuando vi entrar a uno de los sospechosos en la joyería. Tuve un presentimiento, ya sabe, como si algo te dijera que iba a pasar algo y al asomarme por la puerta vi perfectamente a los dos sospechosos en el centro de la joyería abriéndose los abrigos para sacar sus armas.

  - ¿Qué armas?

  - Tenían de todo. Aquello parecía una feria de la Asociación del Rifle. Fue entonces cuando le grité a Johnson que se estaba cometiendo un 3-12 y vino corriendo a mi lado. Entramos los dos a la vez y comenzó el tiroteo.

  - ¿Abrieron ellos fuego?

  - Por supuesto. Aquello parecía la puta Guerra del Golfo. Lo que no sé por qué no cayó aquel cabrón.

  - ¿El que estuviste persiguiendo?

  - Sí. ¡Cómo corría el cabrón! Quería atraparle antes de llegar a calles de comercio pero el muy hijo de puta vino hacia aquí, a la parte de atrás de los grandes almacenes. Sacó una moto de no sé dónde y desapareció tras esa pared.

  - ¿Cómo?

  - Lo que oyes - la rabia, la frustración y la incomprensión afloraban en forma de lágrimas en la cara de Spense -. Ese hijo de puta se tiró de cabeza a 100 por hora a esa pared y desapareció como si se lo hubiesen tragado los ladrillos.

  - ¿Estás bien, Sam? ¿Estás seguro de lo que estás diciendo?

  Spence lloraba.

  - Creo que estás pasando una mala racha, que estas fechas son muy duras para ti y que hoy todo se ha desbordado.

  - No me vengas con gilipolleces, jefe.

  - Sam, de momento los de balística sólo han encontrado casquillos tuyos en la joyería. ¿Estás seguro de que los sospechosos dispararon?

  - ¡Joder si dispararon! Uzis, recortadas, Smiths

  - ¿Y cómo es que no dieron a nadie?

  - Johnson está herido.

  - Johnson está muerto - esta frase cortó de un plumazo el estado de excitación de Spence -. Y los impactos que recibió fueron en la espalda. ¿Os rodearon en algún momento, Sam?

  - ¿Eh? ¿Cómo? No,no

  " - ¡Cuidado! ¡A tu derecha, Johnson!

   - ¿Dónde?

   ¡Bang, bang, bang!"

  Tras unos instantes, Spence preguntó:

  - ¿Y el otro sospechoso?

  - Es el coronel Hawkins. Uno de los más brillantes estrategas de nuestro ejército. Muerto.

  " - ¡Está usted loco!

   - ¡Quieto!

   ¡Bang, bang, bang!"

  Spense se acercó de nuevo al muro y lo tocó a una altura por encima de su cabeza.

  - Como te digo, Sam, creo que estás pasando una mala racha y que necesitas ayuda.

  - ¡Y una mierda mala racha! Te demostraré que no estoy loco - afirmó golpeando el muro con la mano.

  Salió corriendo a la entrada del callejón y desapareció por la izquierda. Nadie le detuvo porque era Sam, uno de los más brillantes patrulleros de la ciudad y un excelente amigo.

  Spense llegó hasta su moto, la puso en marcha y se dirigió a la entrada del callejón. Al verlo, el jefe exclamó:

  - ¡No, Sam! ¡No lo hagas!

  Sam aceleró lo más que pudo, siguió el trayecto que vio en el sospechoso, el mismo recorrido, el mismo salto, pero él no pudo pasar al otro lado. Su cabeza reventó contra la pared de ladrillo y se quedó inmóvil en el húmedo y frío suelo asfaltado del final del callejón.

  Demasiada presión para un solo policía, un hombre al fin y al cabo. Aún había preguntas que había dejado sin responder. Preguntas que le haría como amigo pero también como jefe. Porque aún no habían llegado a analizar cómo se habían producido las huellas de neumático de una moto de gran cilindrada a la entrada del callejón.

  - Mi Señor.

  - Muy bien, Ivodiel. Has vuelto a cumplir con tu parte del Pacto. Has engañado 70 veces 7 a los hijos del Creador. Y todo sin formar parte de Su pantomima. Mi recompensa, ya la sabes, pues no es la primera vez. Te daré toda una vida humana para que sientas, sufras y actúes como ellos. Preferiría que pasases este tiempo aquí, a Mi lado, pero dado que es tu deseo

  - Sí, Mi Señor.

  - Sea.

  Una nueva vida se abre paso al mundo. La ilusión de sus padres truncada por azares del destino. Todas las incógnitas despejadas por el capricho de un Ser Superior. O de dos.

   
 
 
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